jueves, 29 de enero de 2009

Substancia visiblemente invisible.

La gente pasa, unos corriendo porque llegan tarde, otros alegres y sonrientes cogidos de la mano, algunos con bolsas en las manos y muchos con sus caras serias y ese paso ligero, símptomas del típico hombre o mujer de negocios, con su despacho, su corbata, su sueldo estable, su traje de 200 euros y, para que engañarnos, su vida vacía. A veces estoy a punto de pararles y decirles que se den cuenta que van dejando un rastro de vacío y unas manchas de infelicidad que ni aunque caiga una bomba atómica desaparecerian, pero nunca lo hago. No porque me deiese verguenza (que me daría mucha), sino porque no creo que sea la persona apropiada para hacerlo. Les conozco algo, forman parte de mi vida a ratos, lo cual me da unos cuantos puntos que me permitirian almenos acercarme a ellos. La cosa está en que yo no formo parte de su vida a ratos porque ellos miran para adelante, hacia la meta, y yo estoy a un lado, en un tranquilo banco de la Diagonal de Barcelona observandoles.
Pero lo que echo más en falta (dejando de banda ya a esos hombres) es que la gente no me sonría y me quede con la cara de idiota que Dios, o mi madre, me ha dado. No soy una persona simpatica, pero si siento cierta complicidad por la gente que pasea y se da cuenta, ya sea porque es atenta, ya sea porque en ese momento ha girado la cabeza, que existo, que allí estoy. Seguramente la mayoría no prestará atención a una chica de metro setenta y dos sentada, ni guapa ni fea, vestida de una forma para nada llamativa y escribiendo algo en una hoja cuadriculada y con lápiz. Algunos, seguramente creeran que soy una pobre chica rarita que no tiene nada que hacer un jueves a las tres de la tarde, y muy pocos se cuestionarán quién debo ser y que debo hacer estar haciendo allí, igual que yo hago cada vez que alzo la vista y les veo pasar.
Por último, me doy cuenta del cielo precioso cubierto de nubes, amenazando lluvia, y lo bien que quedan los árboles sin hojas delante de éste. En conjunto, forman un paisaje idílico para mí.
Las 15:24 horas. Todavía debo encontrar el piso del señor acupuntero, o mi tío si a alguien le tranquiliza más, así que tendré que guardar mi lápiz, empezar a andar y conformarme con la voz del señor Flowers cantándole a Juliet, mientras soy una persona más de las cientas que pasean una bonita tarde de invierno por la ciudad Condal, buscando algo, yendo a algun sitio, o simplemente buscando un lugar donde encajar en su mundo.

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